SANFIC 22| The Man I Love: el arte de resistir cantando

por Nathalia Olivares
La vida puede concebirse íntegramente como una performance, al menos dentro del universo que habita Jimmy George (Rami Malek). Performer gravitante de la escena off-Broadway en la Nueva York de los años 80, Jimmy atraviesa el avance implacable del VIH convirtiendo cada movimiento de su cuerpo en una declaración estética. Su existir no se fragmenta entre el escenario y la realidad cotidiana: canta, baila y transita pasillos o habitaciones vacías como si los focos jamás llegaran a apagarse. Ira Sachs no busca construir aquí un relato compasivo sobre la agonía, sino una autopsia luminosa sobre la necesidad visceral de ser observado cuando el cuerpo empieza a ceder.
Alrededor de esta fuerza centrífuga orbitan los afectos que sostienen y tensionan su fragilidad. Dennis (Tom Sturridge) encarna la devoción incondicional, el orden metódico de los medicamentos y la contención cotidiana; mientras que en el piso inferior, Vincent (Luther Ford) representa la fascinación desmedida y el quiebre de la estabilidad afectiva. A ellos se suman su hermana (Rebecca Hall), su sobrino adolescente y la compañía con la que ensaya una adaptación escénica de Il était une fois dans l'Est (1974), de André Brassard. De este modo, el espacio de ensayo se transforma progresivamente en una batalla contrarreloj donde el desgaste físico choca contra la obstinación por crear.
El largometraje se articula como una danza febril sobre las pasiones desbordadas y la evasión consciente. Jimmy utiliza el arte como la única trinchera posible frente a la certidumbre de su propio fin. Las melodías de Patty Pravo y los encuadres televisivos de Rita Pavone no son meros adornos de época o guiños melómanos, sino el tejido afectivo con el que el protagonista resignifica su dolor. Cada canción escuchada en vinilo y cada gesto ensayado frente al espejo operan como un mecanismo de defensa para no enfrentarse a la brevedad del tiempo que le resta.
En su lenguaje visual, Sachs construye un diálogo evidente con referentes fundamentales del cine sobre el aislamiento e identidad. Es imposible no rastrear la huella de Opening Night (John Cassavetes, 1977) en esa disolución difusa entre la persona y el personaje; pero la filiación más evidente es con Rainer Werner Fassbinder. El uso de luces saturadas, los neones moribundos, las puertas entreabiertas que encuadran la mirada y la estética queer de bares semivacíos configuran un espacio claustrofóbico. Las tensiones de poder, los celos y la intimidad compartida se desarrollan dentro de una arquitectura vertical que retoma y profundiza las dinámicas que el director ya exploró en Passages.
Sachs recupera además esa mirada donde los personajes se explican a través de sus contradicciones más desnudas, huyendo de las convenciones dramáticas tradicionales. La cámara observa con una distancia casi documental cómo la existencia transcurre sin forzar giros argumentales ni explicaciones discursivas. No hay subrayados morales sobre los errores de Jimmy ni sobre la forma en que impacta a sus seres queridos: hay una libertad narrativa que avanza al ritmo de la espontaneidad de sus intérpretes, otorgándole a la cinta un pulso vital tan desconcertante como vibrante.
En el centro absoluto de esta arquitectura actoral sobresale Rami Malek. Despojado por completo de la grandilocuencia que caracterizó su papel en Bohemian Rhapsody, Malek sostiene la película con un trabajo físico y emocional desolador. La tensión permanente entre la debilidad de sus músculos y la ferocidad con la que busca ocupar cada espacio resulta conmovedora. El punto culminante llega cuando interpreta What Have They Done to My Song Ma, de Melanie, durante una reunión familiar: una secuencia donde la técnica actoral parece borrarse por completo para dejar expuesta la vulnerabilidad llana de un hombre despidiéndose del mundo.
Aunque la película ya tuvo su recorrido y exhibición previa durante el Festival de Cannes, su llegada a las pantallas de SANFIC confirma que estamos ante una de las obras más valiosas del año. Su visionado previo no resta en absoluto la urgencia de volver a ella y recomendarla abiertamente. La aproximación de Sachs a la experiencia queer destaca por una sensibilidad libre de sensacionalismos, prefiriendo enfocarse en la complicidad comunitaria, el afecto y la resiliencia en lugar de caer en la elegía sombría o el panfleto epidemiológico.
En última instancia, The Man I Love trasciende la premisa de la muerte inminente para convertirse en un himno a la obstinación de seguir con vida. Es un retrato sobre la urgencia de aferrarse al goce, al deseo y al afecto mientras la respiración lo permita. Jimmy enfrenta el último acto de su vida negándose de forma rotunda a abandonar el escenario. En esa resistencia radica la belleza de la película: en recordar que incluso cuando las luces comienzan a atenunciarse y el telón inicia su descenso, siempre queda espacio para cantar una última canción.

