SANFIC 22| “El gran arco”: Un drama biográfico sobre el arquitecto de un emblema de París

06.11.2026

Por Aillen Fuenzalida 

En 1982, el entonces presidente de Francia François Mitterrand convocó a un ambicioso concurso internacional de arquitectura para diseñar el Gran Arco de la Fraternidad, una estructura monumental emplazada en el histórico eje urbano de París y proyectada para ser inaugurada el 14 de julio de 1989, en plena conmemoración del bicentenario de la Revolución Francesa. Tras seleccionar cuatro propuestas finalistas entre más de cuatrocientas candidaturas procedentes de todo el mundo, Mitterrand terminó inclinándose por el audaz diseño del arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen. Se trataba de un creador de 53 años totalmente desconocido en el circuito francés, cuya trayectoria previa se limitaba, según sus propias palabras, a su "propia casa y cuatro iglesias".

La travesía de von Spreckelsen al trasladarse a suelo galo para materializar la obra culminante de su vida constituye el hilo conductor de El gran arco (L'inconnu de la grande arche), película que pudimos apreciar dentro de la programación de SANFIC 22. Adaptada y dirigida por Stéphane Démoustier a partir de la novela histórica de Laurence Cossé publicada en 2016, la cinta se sumerge en la trastienda de una de las gestas urbanísticas más emblemáticas del siglo XX. El relato no solo documenta las complejidades técnicas de la construcción, sino que contrapone la visión idealista de un artista frente a los laberintos burocráticos, legales y económicos de un proyecto de Estado.

Démoustier estructura la narración combinando el rigor del registro histórico con una cuidada exploración psicológica. La película testimonia los hitos fundamentales del proceso de edificación al tiempo que expone las tensiones provocadas por la inflexibilidad artística del arquitecto danés. El director logra un notable equilibrio dramático que evita que la trama se diluya en aspectos meramente técnicos, atrapando la atención del espectador mediante la obsesiva obstinación de su protagonista por mantener inalterada la pureza matemática y estética de su volumen cúbico.

En el centro del relato se ubica una magnífica interpretación de Claes Bang como von Spreckelsen. Bang compone a un personaje severo, metódico y radicalmente fiel a su ideario arquitectónico. Esa rigidez no solo se manifiesta en su intransigencia conceptual, sino que se traslada con elegancia a su lenguaje corporal: un caminar pausado y firme, un ritmo vocal pausado y una vestimenta austera que repite como una armadura frente al caótico entorno parisino.

El elenco secundario fortalece las distintas dimensiones del conflicto humano y profesional que rodeó a la obra. Sidse Babett Knudsen encarna a Liv von Spreckelsen, la compañera incondicional que representa el arraigo y los afectos que Johan va resignando a medida que la estructura de mármol y hormigón se apodera de sus días. Por su parte, Xavier Dolan interpreta al maestro de obra Jean-Louis Subileau; Swann Arlaud da vida a Paul Andreu, el arquitecto responsable de la ejecución técnica; y Michel Fau aporta una presencia formidable como el calculador e impredecible presidente Mitterrand.

Más allá de responder a las convenciones de la biografía cinematográfica, El gran arco se consagra como un agudo ensayo visual sobre el espacio y la arquitectura. En un pasaje especialmente revelador, el montaje contrapone los bloques de hormigón de la metrópoli con los paisajes costeros del norte de Europa donde von Spreckelsen es presentado inicialmente. Esta decisión de puesta en escena dialoga de forma directa con el concepto de armonía entre urbe y naturaleza que sustentaba su diseño. Al detener la cámara en las texturas del mármol, en los juegos de luces sobre las superficies y en la escala monumental del volumen vaciado, el filme invita a contemplar la arquitectura como una disciplina esencialmente poética.

Aunque las presiones económicas y las disputas de poder sobrevuelan la narración desde el primer momento, es en su tercer acto donde las turbulencias políticas alcanzan su punto de quiebre. Tras la derrota legislativa de Mitterrand en 1986 frente a la coalición conservadora de Jacques Chirac, el proyecto se ve sometido a severos recortes presupuestarios y a una privatización parcial. Es aquí donde aflora la paradoja trágica del relato: para el arquitecto, el cubo representa la obra de su vida; sin embargo, para garantizar su viabilidad comercial, los nuevos gestores exigen modificar los planos y sacrificar la concepción original en función del uso corporativo del edificio.

Frente a la pérdida irrecuperable de su control creativo y la inevitable mercantilización del proyecto, la decisión de von Spreckelsen de dar un paso al costado se revela como un desenlace natural y desolador. Démoustier aborda esta renuncia sin estridencias ni sensacionalismos, entregando un cierre de una gran sobriedad sobre los límites del arte cuando colisiona con el pragmatismo institucional. El gran arco se posiciona así como una de las piezas más sólidas y estimulantes de SANFIC 22, rindiendo tributo a un artista deslumbrante que prefirió abandonar su propia obra antes que ver desfigurado su sueño.


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