SANFIC 22| Coward: la trinchera del afecto en tiempos de barbarie

06.11.2026
por Nathalia Olivares

 

Con un metraje de dos horas —un aliento narrativo que quizás se extiende un poco más de lo estrictamente necesario pero cuyas delicias visuales y dramáticas superan con creces cualquier leve vacilación de ritmo—, Coward se alza como una obra extraordinariamente bien ejecutada. Sostenida sobre una premisa audaz y movida por un corazón inmenso que late con fuerza desarmante de principio a fin, la película confirma desde sus primeros minutos la solidez de su propuesta.

Reencontrarse con esta cinta en las salas de SANFIC 22, tras haber tenido el privilegio absoluto de descubrirla durante su paso por el Festival de Cannes donde se alzó como una de las piezas más deslumbrantes de la selección, no hace más que ratificar su estatus de joya cinematográfica. Volver a habitar su atmósfera en esta nueva pantalla permite apreciar con mayor lucidez la filigrana con la que está construida y constatar que su impacto emocional permanece completamente intacto.

El peso dramático del relato descansa sobre dos interpretaciones prodigiosas a cargo de Emmanuel Macchia y Valentin Campagne en los roles de Pierre y Francis, respectivamente. Ambos intérpretes se mueven bajo la dirección silenciosamente devastadora del joven maestro Lukas Dhont, un cineasta que vuelve a demostrar una comprensión innata y desarmante de la intimidad humana, abordando la vulnerabilidad con una delicadeza técnica que impresiona.

La experiencia inmersiva nos sitúa pegados a la figura de Pierre, aunque solo de manera intermitente desde su punto de vista estricto; de hecho, transcurre un tramo considerable de metraje antes de que lo escuchemos pronunciar su primera palabra. A pesar de esa reticencia inicial, la cámara de mano del director de fotografía habitual de Dhont, Frank van den Eeden, se mantiene inestable y pegada a su cuerpo, encuadrándolo en primeros planos medios que contrastan con el espacio negativo de los cielos, acaso la última porción pura del mundo en medio del desastre.

La película se estructura a través de bloques narrativos donde Pierre entra en contacto con una particular compañía de soldados abocada al entretenimiento: los llamados "rechazados", asignados a las obras de vodevil que Francis dirige. Frente al laconismo solemne de Pierre, la personalidad de Francis irrumpe de forma directa y desinhibida. Este último ha construido una armadura a partir de su extravagancia artística, una capa protectora para resguardar una identidad queer que el riguroso contexto histórico jamás le permitiría exhibir abiertamente.

El vínculo entre ambos nace desde la torpeza y la curiosidad inicial de Pierre, en perfecto contrapunto con la audacia de Francis. Entre bromas rápidas y silencios compartidos, florece una intimidad tranquila y un amor que llega de manera tan natural como el acto de respirar. Aunque a su alrededor se desaten los episodios más oscuros del siglo XX, la cercanía de ambos devuelve al mundo un atisbo de sentido. Si por momentos aflora la duda o la incomodidad entre ellos, es solo porque ambos hombres adolecen del vocabulario necesario para nombrar el torbellino emocional que los atraviesa.

Con una inteligencia notable, Dhont esquiva con elegancia las trampas habituales de las narrativas bélicas y de época. La cinta rehúye el recurso fácil del conflicto por amor no correspondido o el cliché del soldado antagónico que persigue a los protagonistas por su orientación. El relato comprende con lucidez una verdad trágica y definitiva: en la guerra, la identidad se diluye en la barbarie, pues nadie exige credenciales ni comprueba la orientación sexual de quienes terminan hacinados en las fosas comunes.

En última instancia, Coward reconfigura la representación del conflicto bélico al desplazar la mirada hacia los márgenes de la batalla. Su foco no está en quienes empuñan fusiles en las trincheras ni en quienes cruzan las líneas enemigas, sino en aquellos que utilizan la creación artística, el teatro y la ternura como herramientas desesperadas de resistencia contra el horror. Una película imprescindible cuya belleza resuena con la misma devoción la primera vez que cuando se tiene la fortuna de volver a contemplarla.


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