Crítica de cine | Wild Horse Nine: La ironía como trinchera ante el abismo de la historia

por Nathalia Olivares
Martin McDonagh vuelve a internarse en su territorio predilecto: esa frontera difusa y sangrienta donde la comedia negra destripa a la tragedia. En Wild Horse Nine, el realizador británico-irlandés despliega su mordacidad habitual para desarmar uno de los episodios más oscuros y convulsos de Sudamérica, situando su engranaje narrativo en el Chile convulso de 1973, apenas unos meses antes del zarpazo militar. La película no busca la sobriedad del documento histórico; prefiere la lucidez del absurdo para radiografiar las contradicciones morales de una época marcada por el intervencionismo y la violencia geopolítica.
La premisa arranca con ritmo de comedia ácida y atmósfera de thriller de espionaje. Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell), dos agentes de la CIA desgastados y alienados por su propio oficio, reciben la orden de su superior, MJ (Steve Buscemi), de replegarse desde Santiago hacia la Isla de Pascua. Lo que inicia como un pintoresco destierro entre los moai de Rapa Nui se transforma en un mapa de tensiones cuando el azar —y una deriva ética inesperada— cruza a Chris con un grupo de estudiantes rebeldes (Mariana di Girólamo y Ailín Salas). A partir de ese roce, el viaje turístico muta en una colisión frontal entre la culpa personal y la maquinaria conspirativa.
El mayor mérito del filme radica en la filigrana de su libreto. McDonagh no banaliza la tragedia inminente del golpe de Estado; la utiliza como un telón de fondo abrasador. La ironía y los diálogos punzantes no operan como distracción, sino como un bisturí que al desnudar la estupidez de los hilos del poder internacional, deja al descubierto la verdadera dimensión del horror. Es el sello del director: la risa congelada en la garganta ante el espectáculo de la miseria humana.
El tándem protagónico funciona con la precisión de un reloj suizo. Malkovich aporta un cinismo melancólico deslumbrante, mientras que Rockwell despliega esa energía impredecible y volcánica que tan bien domina. La química entre ambos dota al filme de un corazón palpitante; detrás del esperpento geopolítico y la paranoia de la Inteligencia norteamericana, emerge una historia de amistad fracturada y compasión tardía.
En el plano coral, las incorporaciones locales e internacionales terminan de redondear la atmósfera. Mariana di Girólamo entrega una interpretación magnética y visceral que no solo sostiene el contrapunto ideológico de la cinta, sino que la proyecta con absoluta soltura hacia la vitrina del cine global. Junto a ella, Ailín Salas, Parker Posey y Steve Buscemi aportan capas de excentricidad y rigor dramático a un ecosistema de personajes memorable.
Visualmente, el uso de Rapa Nui es deslumbrante. La fotografía convierte el paisaje insular en un personaje omnipresente: la majestad milenaria de las piedras y el aislamiento del Pacífico colisionan con la mezquindad de las intrigas de pasillo.
Consultado en la premiere sobre esta elección geográfica, el propio McDonagh nos confesó el motor de su puesta en escena:
"Buscaba la belleza y el aislamiento del lugar, pero sobre todo el misterio que emanan los Moai. Más allá del antecedente histórico de los noventa enfocado en la cultura local, Rapa Nui era el escenario perfecto para encapsular la sombra de lo que se orquestaba detrás del Golpe de 1973 por mano de la CIA".
Wild Horse Nine se consolida así como una propuesta audaz, incisiva y con una personalidad aplastante. McDonagh logra entretener sin anestesiar la conciencia, valiéndose del humor negro no para esquivar el dolor de la historia, sino para obligarnos a mirarlo de frente. Un ejercicio cinematográfico brillante, elegante y feroz que se posiciona, sin lugar a dudas, entre lo mejor del año.

